jueves, 6 de diciembre de 2012

Eduardo J. Corso, un canario arisco, agudo y principista


Los almuerzos transcurrían en silencio en muchos hogares de la campaña oriental en las décadas de 1960 y 1970. No se podía hablar porque el que hablaba era el doctor Eduardo J. Corso. A través de la radio desgranaba lento su "Diario del campo".


En la audición mezclaba comentarios de toda índole, inclusive políticos, con información sobre mercados: cuánto valía la carne en los frigoríficos, cuánto pagaban por la lana las barracas, cuánto las hortalizas, qué valían los insumos agropecuarios, desde un litro de combustible a un poste para alambrados. Y cada día cerraba su charla con un rotundo: "Hasta mañana, si Dios quiere".

Entonces no había electricidad en la mayor parte de las áreas rurales, ni teléfonos ni televisión. Los caminos eran horribles y los diarios llegaban amontonados con una o dos semanas de atraso. La radio era el hilo mágico que unía a las personas desperdigadas de la campaña con Montevideo, la todopoderosa capital, y con el mundo.



RAZÓN DE VIVIR. Eduardo J. Corso murió en la madrugada de ayer, miércoles 5 de diciembre. Cargaba sobre sus hombros 92 años de edad y 70 de periodismo, al que un día definió como "la razón de mi vida".

Estudió en el Colegio Pío y en 1942 fundó en su pueblo natal, San Ramón, departamento de Canelones, el periódico gratuito La Lucha. Muchos años después también practicaría el periodismo escrito en medios como el semanario Marcha y los diarios El País, La Mañana y Últimas Noticias. Escribió varios libros, como Entre la espada y la nada, una recopilación de artículos periodísticos.

Se recibió de abogado, se especializó en Derecho Tributario y contribuyó a organizar los Sindicatos Cristianos Agrícolas, fundados por el sacerdote salesiano Horacio Meriggi. Fue docente de idioma español e historia en los colegios Juan XIII y Maturana.

Inició su "Diario del campo" en 1949, por recomendación del médico y político católico Salvador García Pintos, y lo mantuvo hasta pocos años antes de su fallecimiento. "Diario del campo", paradigma en su tiempo de difusión de temas rurales, se transmitió por diversas emisoras radiales, entre ellas Sarandí, Oriental, Continente y Rural. Corso sabía de lo que hablaba: él mismo fue productor rural, primero con tambo y luego ganadero.


PARAÍSO E INFIERNO. Católico conservador, anticomunista, practicó el periodismo de opinión con un lenguaje frontal que le significó grandes adhesiones y muchos enemigos. Creó opinión sobre todo en la campaña, que hace medio siglo estaba más poblada que hoy. Si se escuchaba a Corso y se lo adoptaba sin reservas, entonces Nueva Zelanda era el Paraíso Terrenal y la Unión Soviética -y el Estado uruguayo- el Infierno.

Fue sincero hasta la brutalidad. Se rehusó a caer en la demagogia, esa que muchas veces empleó otro fenómeno gestado en la radio a partir de 1945: Benito Nardone, "Chicotazo", quien impostaba la forma de hablar de las personas sencillas de la campaña. Corso, desde radio Sarandí, competía con Nardone, en Rural. Corso contaba que al principio la competencia fue tan agresiva que incluso concurrió armado a la radio.

Militó en la Unión Cívica, partido político fundado en 1911 para canalizar las opiniones políticas de la comunidad católica, en un momento en que el batllismo desarrollaba sus reformas anticlericales. Los cívicos siempre tuvieron pocos votos pero cierta influencia gracias a sus líderes, desde Juan Zorrilla de San Martín, en los inicios, hasta Juan Vicente Chiarino, en tiempos de apertura democrática. Su hermano, Antonio J. Corso, quien falleció en 1985, fue doctor en derecho canónico, obispo auxiliar de Montevideo y primer obispo de la Diócesis de Maldonado.

En la década de 1960, mientras Uruguay se sumía en el descalabro económico y el radicalismo político, Corso se tornó un crítico furibundo de la izquierda, en particular de la guerrilla y de la acción política y sindical del Partido Comunista. Fue uno de los impulsores y propagandistas de la Juventud Uruguaya de Pie (JUP), movimiento ultranacionalista creado a fines de 1970 cuyos miembros desfilaban uniformados y amenazantes contra la izquierda revolucionaria.

TIEMPOS IDOS. Fue consecuente en su actitud principista: se manifestó de inmediato contra la dictadura formalizada el 27 de junio de 1973. El 9 de agosto de ese año firmó junto a destacados políticos de los partidos fundacionales, empresarios y juristas un documento público que exigía la restauración del Estado de Derecho. Años más tarde llamó a votar en contra del proyecto de Constitución elaborado por el gobierno autoritario, que fue rechazado por la ciudadanía en el plebiscito del 30 de noviembre de 1980. Quince días después cerró por un tiempo su programa "Diario del campo" y explicó a sus seguidores que lo hacía para no aceptar la censura.

En los tiempos que corren, donde la información de tan abundante abruma, el fenómeno Corso es incomprensible -e irrepetible-. En cualquier rincón de la campaña, donde el Diablo perdió el poncho, es posible enterarse de inmediato del cierre de la cotización de la soja en la bolsa de Chicago o del kilo de novillo en pie.

Con Eduardo J. Corso, un canario arisco, agudo y principista, se marchó otro prototipo del Uruguay que fue, con sus luces y sombras.

El País Digital

lunes, 3 de diciembre de 2012

Carrasco: un balneario cuenta historias


Carrasco atrajo desde su inicio a los visitantes más impensados en tiempos en los que la globalización era algo de ciencia ficción: un piloto alemán del escuadrón del Barón Rojo, en la primera guerra mundial, que daba clases de natación frente al Hotel Carrasco. Conocía pocas palabras del español por lo que las entreveraba con el italiano. Arocena recordó que les gritaba en esa mezcla a sus alumnos algo que podía ser traducido como “naden como ranas, no como vacas furiosas”. 
 

El primer recuerdo de Pelayo Arocena es un paseo en petiso entre las dunas de la playa Carrasco. El hotel ya se destacaba en un paisaje todavía dominado por los arenales. A comienzos del siglo XX era una pradera a orillas del mar con un único árbol, el Ombú del Manso (a la altura de la actual calle Guarambaré). Arocena ha vivido 83 años de los 100 que cumplió el barrio y tiene memoria hasta de los años que le faltan, transmitida por el hombre que tuvo el sueño de fundar un balneario, su abuelo, Alfredo Arocena. 
Este Arocena sacó la idea en un viaje a la ciudad belga de Ostende. Allí la gente iba a veranear a pesar del agua fría y del canto rodado en la playa. ¿Cómo no iba a querer hacerlo en un paisaje agreste de arenas blancas? Junto a Esteban Elena y José Ordeig concretó ese sueño que se convirtió en el símbolo de la opulencia rioplatense. 
Otro protagonista de la historia que se enamoró del barrio fue el inglés Eugen Millington-Drake, embajador en Montevideo durante la segunda guerra mundial. En agradecimiento a la ciudad, regaló terrenos aledaños al actual Carrasco Lawn Tennis. Y otro inglés, del que Arocena no recordó su nombre, que se hospedaba siempre seis meses en el hotel y pasaba solo tres meses en su tierra natal. Una vez le hizo la pregunta que siempre se le hace al carrasquense adoptivo: ¿por qué Carrasco? Arocena cuenta que no le dijo nada. Volteó su rostro hacia el ventanal del comedor y extendió los brazos hacia el mar.


“El Hotel Casino Carrasco fue el corazón y los pulmones de Carrasco. Fue lo que trajo turistas”, relató Arocena. La Sociedad Balneario de Carrasco SA, conformada por su abuelo y sus socios, vendió la construcción hecha hasta el tercer piso −además de otros terrenos− a la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM) en 1915, cuando las ventas de los predios registraron una disminución por la inseguridad que daba la primera guerra mundial. “Se vendió por el 10% de su valor”, apuntó. El viejo Arocena vivía en un chalé con enredadera enfrente, hoy propiedad de otra familia. 
En su época de apogeo fue uno de los mejores hoteles que hubo en Sudamérica. Tanto que su diseño fue replicado en Toronto. Y eso que en los planos originales se olvidaron de ubicar la cocina y por eso se puso debajo de la terraza, donde se hacían los tés danzantes. “El olor a sopa se mezclaba con el del perfume de las mujeres”, ilustró.  El hotel tenía lo mejor de lo mejor e iba la crème de la crème. 
Allí, Arocena bailó con su primera novia y, de vez en cuando, se colaba a fiestas privadas a las que asistían “señoras de largo, llenas de joyas, y hombres que vestían frac”. Allí se dejaban fortunas enteras en las mesas de ruleta y punto banca. Un jugador empedernido era el tanguero Juan D’Arienzo. Arocena se cansó de bailar en sus espectáculos.
Al bajarse el telón, D’Arienzo iba a una ruleta, previamente seleccionada, y jugaba hasta tener que rascarse los bolsillos por una moneda a los números que no habían sido registrados durante la tarde. “El casino dejaba mucha plata en aquel entonces, hoy las cosas son distintas”, bromeó el nieto del fundador.Arocena vivió tres años en el hotel, lamentablemente en los años de decadencia. “Fui de los últimos en salir cuando lo cerró (Mariano) Arana”, contó. Y aunque  hoy  no  tiene  más  relación que sus recuerdos, lo considera un bien de familia. “Me siento parte”, suspiró.


Otro baile al que asistía la muchachada de Carrasco, “la de allá y la de acá” de la avenida Arocena (en ese entonces Juan Ferreira), una frontera virtual, era la whiskería El Carillón, en el altillo donde hoy está la heladería Las Delicias, en Arocena y Schroeder. “¡Tocaban Panchito Nolé y su padre!”, exclamó. 
La calle Ferreira era una especie de frontera, aunque en ese entonces se cruzaba al otro lado “sin pasaporte y sin permiso”. Si bien Carrasco fue pensado y diseñado para familias ricas de Montevideo, Arocena contó que “lo lindo” era que “todos eran amigos”. El nieto del fundador del balneario jugaba al fútbol con el hijo del dueño de la bicicletería, y con tantos otros que no habían nacido en el seno de una familia privilegiada. 
“Hoy en día se ha instalado la mala costumbre de pensar que si alguien es rico es porque lo robó, o porque estafó, o porque se acomodó. Y no era así. Si alguien era rico era porque se rompió los fundillos del pantalón trabajando al igual que su padre y su abuelo. Era gente honesta y trabajadora”, manifestó. Ese espíritu de superación, a su juicio, fue el que moldeó “el carácter” del barrio.
El recorrido que realizó hizo más que transportarlo a los momentos más añorados. Como las cabalgatas por los médanos, o como cuando aprendió a bailar mambo con Alicia Alonso, figura del American Ballet Theater, en otra boite. “Cada vez hay menos gente que me lo cree”, se rió. 
Ahora vive en Pocitos porque un bastón y un accidente cerebrovascular lo obligaron a mudarse con una hermana y a abandonar las cofradías diarias en en el viejo bar nombrado en honor a su abuelo.